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sábado

Conciencia por el Ambiente Recomienda - Cuentos para el alma

UN CARTEL QUE DECÍA "CUIDADO CON EL VIENTO"

Don Anselmo lo había escrito sobre una madera pintada de blanco, en letras rojas, porque la ultima lata de pintura que le quedaba era roja.
Era un lindo cartel, instalado al frente de la casa y decía: "CUIDADO CON EL VIENTO".

En ese vecindario había muchos carteles: el de la panadería "La medialuna derecha" el de la carnicería "La vaca atada", el de la plaza "Prohibido pisar el césped", el de la ferretería "El tornillo flojo".
Pero a todos nos llamaba la atención el cartel de la casa de Don Anselmo. Más aun porque cuando pasábamos por allí, si él estaba, nos decía:

-Hay que saber leer para entenderlo.

Ariel, Fabián y yo nos encogíamos de hombros y murmurábamos muy bajito, para que no nos oyeran.

-No hay que ser sabio para entender ese cartel.

Ni el panadero, ni el carnicero, ni el ferretero, ni el guardián de la plaza intentaban darnos tantas explicaciones.

Tal vez porque a las medialunas las devorábamos casi sin mirarlas y no estábamos seguros si eran derechas o no. La carne ya no estaba en la vaca cuando comíamos las milanesas. Mi abuelo siempre dejaba algún tornillo flojo y... alguno se caía de la silla!

En cuanto a la plaza: ninguno de los chicos pisábamos el césped, porque andábamos en patines, con zancos o en bicicleta...

Pero..." Cuidado con el viento"...

-Don Anselmo, ¿ Cuándo me va a decir qué tengo que entender?

-Cuando sepas leer las cartas del aire.

Yo me quedaba viéndolo. Y él fumaba su pipa. El humo blanco era como un tren que se lo llevaba de viaje. ¿ Adónde se iba su sonrisa buena y la mirada de sus ojos de cielo gastado? ¿ Se iban a su niñez, se iban a las canciones que cantaba su padre marinero, mientras el barco se balanceaba y las caracolas le robaban pedacitos de sonido al mar para decirlo alguna vez en el oído de algún niño?

Estaba llegando el invierno y los chicos y los grandes se ataban los gorros de lana, se ponían doble cordón a los botines, ajustaban cinturones a sus abrigos para pasar frente a la casa de Don Anselmo.

Tenían miedo de que el viento les arrancara todo, camperas, medias, gorros, zapatos...

¡Cuidado con el viento! ¡Cuidado con el viento!

Y contaban por ahí cosas terribles: que el viento una vez se llevó todo un pueblo a otro lado. Lo levantó y lo puso detrás de las montañas. Y cuando los pobladores se despertaron por la mañana vieron otro color de luz y sintieron otros olores y todo estaba cambiado en las fotos...

Cuidado con el viento. Cuidado con el viento.

¿Dios había hecho un viento para tirar la ropa colgada de la soga? ¿ Para despeinar a las niñas?

-No, no- dijo Don Anselmo, como si me leyera el pensamiento.

- Ahora que reconocés las cartas del aire, te voy a explicar. Mira... mira el viento... ¿qué crees que lleva alzado contra su pecho?

-Semillas- musité.

-¡Claro! un valioso cargamento, las transporta a los lugares más increíbles.

¿Quién crees que planta las flores de las laderas del cerro? ¿ Quién lleva el olor a pólvora de los disparos arteros para que huyan los venados, los zorritos, los ciervos y todos los animales que persiguen los cazadores? ¿ Quién barre la nieve de los caminos de invierno? ¿ Quién seca el lodo? ¿ Quién saca las hojas de oro que desparrama el otoño? ¿ Quién lleva la primavera de un continente a otro, con sus minúsculos duendes, del tamaño de un puntito, que son los fabricantes de las briznas de hierba, de los pétalos sueltos que las hadas ordenan en magnificas flores, del olor de la vainilla, de la mica que brilla en las piedras, de los granos de arena? Ellos tejen el aire... el aire que no deja que te caigas, el aire que te llena de goles la pelota de fútbol, el aire que te trae música de las esferas: la de las estrellas...

-Entonces Don Anselmo... no nos tenemos que cuidar del viento.

-Claro que no.

-Tenemos... ¿qué cuidar al viento?

-Claro que sí.

-¿Y cómo es eso?

-¿Cómo cuidar al viento? Con amor, como a todo Y con respeto. Dándole cosas bellas, una hermosa canción, un papel de color cortado en pedacitos, palabras... porque el viento es poeta y con esas palabras teje poemas que abanican las alas de los pájaros, se mojan en el mar, acarician el trigo en los sembrados y alguna vez los versos serán pan.


Y alguna vez los versos serán pan

Y en la barriga de algún niño hambriento

Dibujaran el signo de la paz

Y escribirán "Cuidado con el viento"
Poldy Bird
Del libro "PASA UNA MUJER"
Agradecemos a la gran escritora argentina Poldy Bird por brindarnos gentilmente su cuento, y al señor Jaime Fisher por acompañarnos en nuestro camino.
Conciencia por el Ambiente

domingo

Conciencia por el Ambiente Recomienda

"Desechando lo desechable"

Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida.No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos.O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.


Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara.Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.


No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises.Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.Y ellos… nuestros nenes… apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar.


¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables!Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.


¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor.Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.


¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida.¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza.Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.¡Nos están jodiendo!¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.Nada se repara.


¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa?¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos, (y no estoy hablando del siglo XVII.


No existía el plástico ni el nylon.

La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.De por ahí vengo yo.Y no es que haya sido mejor.


Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”.Mi cabeza no resiste tanto.


Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre, (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo).


Me educaron para guardar todo.¡Toooodo!Lo que servía y lo que no.Porque algún día las cosas podían volver a servir.Le dábamos crédito a todo.Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.Y en el afán de guardar, ( porque éramos de hacer caso ), guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita.¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?


En casa teníamos un mueble con cuatro cajones.El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.Y guardábamos.¡¡Cómo guardábamos!!¡¡Tooooodo lo guardábamos!!


¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!¡¿Cómo para qué?!Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.¡Tooodo guardábamos!Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.Y las cosas que nunca usaríamos.Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar.Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.


¡Y las pilas!Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa.Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.Las cosas no eran desechables… eran guardables.¡


¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal.Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza.


Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.


No lo voy a hacer.Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.No lo voy a hacer.No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.


Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.Y yo…no me entrego.

Marciano Durán

Muchas Gracias Jaime por acercanos esta fabulosa lección.

Aclaración: Originalmente este texto fue publicado con la autoría del escritor uruguayo Eduardo Galeano, tras haber recibido un comentario en nuestro blog, y hacer verificado la información, hemos publicado el texto original completocuyo autor es el señor Marciano Durán.

Conciencia por el Ambiente

viernes

NO a las Papeleras sobre el Río Uruguay


Recuerdos del Futuro

Nueva Palmira, costa oeste del Uruguay, octubre del año 2015

Querido amigo:

No ha sido fácil encontrar papel para escribirte estas líneas:
aquí todos le atribuyen propiedades maléficas, lo consideran un elemento nocivo, fruto de todos los males, razón por la cual, en insólitas ceremonias públicas, suelen quemar libros, diarios y revistas; cuadernos, anotadores, envoltorios y cuanto objeto de papel encuentren.
Desde luego, el papel es apenas un símbolo de la plaga; una alegoría que, bien lo sabemos, no es de modo alguno el causante de la peste.

De las doscientas familias que todavía perduraban en el pueblo, sólo han quedado cincuenta. Las otras se han marchado hacia el centro y el Este del país; a Durazno, a Tacuarembó y a Rivera, a Cerro Largo, a Treinta y Tres y a Rocha, lejos de la costa del Río Uruguay. Un inopinado éxodo que ha provocado la división de decenas de matrimonios y el extravío de parientes y amigos.

A los pobladores que han resuelto permanecer junto a su casa y sus pertenencias, recelosos de saqueos y robos --porque los ha habido--, les cuesta trabajo comprender lo que les pasa. Todas sus costumbres han sido alteradas; imperan el malhumor y la irritación.

La rambla es la imagen más acabada de la desolación: los pilares del renovado muelle viejo han comenzado a hundirse en el suelo corrompido del río, de modo que ahora es una estructura agrietada, en declive, a poco de desmoronarse; los faroles, ¿recordás?, no son otra cosa que lámparas mortecinas. Ya nadie pasea por allí. El río continúa quieto y sin peces.
Al diablo, hace ya tiempo, se han ido todos. Vieja del agua, surubí, dorado y boga; mandubí, bagre, armado, sábalo, mochuelo y patí. Hasta las “porteñitas”, esos peces menudos y sabrosos en la fritanga, cuya procedencia lugareño alguno conocía, decidieron procurar mejor suerte en otra parte. También los pescadores.

El remanso de Punta Gorda es ahora una porción de yuyos mustios. Los efectos de la lluvia ácida pueden apreciarse en la fachada de las casas ribereñas: superficies negruzcas y descascaradas.

Dejar las prendas de vestir a la intemperie, oreándose, es un despropósito.
El previsible ocaso del turismo arrastró consigo hoteles, restoranes, tiendas y un par de empresas de transporte de pasajeros.

Las carreteras que conducen a todas las ciudades de la costa oeste, desde Nueva Palmira a Paysandú, están hechas añicos. Ya no resistían el paso de una mísera cachila, imagináte, entonces, cómo las ha dejado el tránsito incesante de camiones repletos de troncos.
No hay aves, tan sólo las carroñeras prosiguen con sus vuelos circulares, ávidas, al acecho, prontas a precipitarse sobre los restos putrefactos del ganado que no soporta la peste y sucumbe de la noche a la mañana. Resulta imposible sorprenderse con una nutria, con una garza mora.

No hay verdes: del bosque que solía recorrer cuando arribé a esta magnífica costa, restan pálidos mojones, residuos de madera ajada y grisácea que semejan un páramo que ya nunca más habrá de recibir los favores del sol y del agua. En otras zonas, a causa del monocultivo de eucaliptos, los chacareros han quedado sin pozos y aljibes, sin bañados, razón por la cual no tienen agua para beber ni alimentar al poco ganado que les queda en pie.

Las autoridades no dan abasto con el envío de camiones cisterna para suplir la ausencia de agua. El sábado último murió el doctor Silva. La sucesión de síntomas fue idéntica a la que padecieron Baigorria y el menor de los Ibáñez: cefaleas, dolores abdominales, conjuntivitis, faringitis; obstrucción bronquial, nauseas y vómitos, crisis de pánico, trastornos de sueño. Finalmente, el cáncer.

Los barbijos, de algodón, lana o plástico, no sirven de mucho; la lluvia ácida ignora y taladra todo revestimiento. Al menos mitigan un poco el hedor que continuamente nos acercan los vientos.

Como bien podrás figurarte, los reproches están a la orden del día. Algo, quizá, inconducente. Toda reconvención es tardía y perjudica sobremanera la tarea primordial: reunirse, solidarizarse, idear los modos más apropiados para terminar de cuajo con esta peste.
En la última reunión de la Comisión de Socorro, el viejo Benavídez cayó en otro ataque de ira: “¿Recuerdan cuando, diez años atrás, muchos de los que están aquí se reían de mis palabras? `No habrá la tal contaminación´, me decían, `las plantas de celulosa van a generar muchos empleos´; `además, Fray Bentos está lejos´. No quisieron escucharme cuando les dije que las dioxinas y furanos son muy tóxicos, muy activos aunque sea en dosis pequeñas; que no se degradan fácilmente; que pueden durar años en el ambiente; que se acumulan en los tejidos grasos de los organismos y aumenta su concentración a lo largo de las cadenas alimenticias; que pueden viajar grandes distancias arrastrados por los vientos o las corrientes del río, también por la migración a larga distancia de los organismos que los han acumulado, como peces y aves.

También les dije que la carne y los productos lácteos iban a contaminarse. ¿Por qué? Porque el ganado consume forraje vegetal contaminado con esos compuestos y los acumula en los tejidos grasos y la leche. Pero no quisieron escucharme.
Les pareció mejor darle atención al enviado del gobierno, a ese Danilo Antón...”Supongo que te acordarás de Antón, ese geógrafo uruguayo que, en el 2005, el gobierno envió a Fray Bentos con el propósito de aplacar los ánimos y persuadir a los pobladores de los formidables beneficios que originaría la instalación de las plantas productoras de pasta celulosa.
Todavía conservo un recorte periodístico de agosto de aquél año, diario La República. Decía Antón: “Siempre que hablamos de contaminación tenemos que tener en cuenta los volúmenes de los que se están hablando. No es lo mismo verter una cierta cantidad de contaminantes en un poquito de agua que en mucha. El río Uruguay es un cuerpo receptor enorme. Si tiran contaminantes sí, en ese lugar habrá contaminación, pero luego se diluyen muy rápidamente. Localmente tiene impacto, en el lugar que se tire tiene impacto, partiendo de la base que estemos hablando de algún contaminante”.

Bien, al hombre se lo ha tragado la tierra; me han dicho que buscó abrigo en Arabia Saudita, donde en épocas mejores supo enseñar Ecología Marina. Y lo bien que hizo, porque de lo contrario lo habrían colgado de la rama de un espinillo.

Anoche se ha cumplido un mes de la escandalosa partida de Botnia y Ence.
Aunque eso de “partir” no es más que un candoroso eufemismo.

Se han marchado los jerarcas y sus máquinas ponzoñosas, pero de obsequio nos han dejado
un río estéril, una costa baldía, miles de hectáreas desoladas y cientos de desocupados.

Y, claro, esa maldita lluvia, cáustica y persistente, que a veces da la impresión de haberse convertido en un castigo inexpugnable.

Te mando un gran abrazo.
Hernán

PD: por favor, no te olvides de aguardarme en la terminal del Chuy.

Por Hernán López Echagüe